20150924

Aquí sí hay cielo (crónicas de transterrado iii)


Hoy, en mi segundo descanso de la jornada, entendí en toda su amplitud qué significa ese 
clarum cœlum en el lema de mi estado anfitrión: es de un azul tan intenso que casi lastima los ojos, y el blanco-gris de las nubes otoñales pareciera estar ahí solamente para crear el contraste que lo hace más evidente

En la larga parrafada que conforma la primera parte de estas crónicas, pareciera que la mayor parte del tiempo las cosas van mal, si no en la realidad (social, laboral), sí en mi percepción subjetiva. Pero solamente se trata de mi resistencia a los cambios (eso lo expongo más largo en la parte ii) y, conforme va cediendo, deja lagunas cada vez más grandes en la cronología del texto. 
Llegué a Aguascalientes prejuiciado por mis visitas anteriores, que –valga decir– no fueron muchas ni largas; la más reciente, hace 18 años. La cultura de la gente ha evolucionado bastante desde entonces, volviéndose menos pueblerina y más metropolitana en algunos aspectos –sin llegar al achilangamiento–; en otros, más cívica y con mayor noción de futuro que en las megalópolis que han crecido correteando al presente (mi ciudad de origen entre ellas): aquí, el auge laboral que apadrinan las industrias trasnacionales (afincadas hace más años que los míos de existencia) ha conllevado para los «autóctonos» un largo aprendizaje de modos de vida, actuación y pensamiento más bien cercanos a los del primer mundo –en el mejor de los sentidos– que al ventajismo, zancadillismo y demás que tienen a este país atado al subdesarrollo. 
Una lección que aquí han aprendido bien, es que el auge económico debe traducirse, antes que nada, en calidad de vida. No en derroches estériles de opulencia (naquerías), beneficios exclusivos para algunos estamentos (corrupción) ni obras de relumbrón (aparentismo); ni en hacer como que se hace, para no hacer nada (inanismo). Claro que aquí hay nacos, corruptos, fantoches –individuales e institucionales– y güevones como en cualquier ciudad del mundo, pero hay una especie de aura clarividente, de atmósfera prudente, que flota sobre todos e influye sobre la «inteligencia del enjambre»; si se quiere, sobre «la inconsciencia concomitante de las masas».
Esta conciencia mantiene la actuación de los individuos (en general) dentro de límites prudentes. La minoría de los excedidos termina fatigándose por falta de estímulo y se mete a su casa para seguir haciendo las cosas a su modo. La calidad de vida aquí está definida por el lema oficial del estado: Bona terra, bona gens, aqua clara, clarum cœlum... Con las debidas licencias.
Por ejemplo, esto de la tierra es más bien como en Los Altos de Jalisco (de hecho, Aguascalientes es el ápice de esta región geográfica): lo que hace buena a la tierra es el trabajo de la gente, porque su natural es el mismo que los alrededores: chaparrales con lluvias escasas y poco suelo fértil. Sin embargo, aquí se consigue comida buena, fresca, sea local o traída de otras zonas, más por el interés de comer sano que por la facilidad de arrimarla.
De la gente, pues ya está dicho más arriba. Para ejemplo, he visto automóviles «verificados» echando humo azul y sus conductores como si nada, pero también se ven muchas bicicletas y peatones. Muchos baches en las vías principales, pero las ciclopistas no están peor que en Guadalajara... Bueno, acá no se ve invadiéndolas (en general) a motociclistas, enlatados ni doñas con carreola. La gente que he conocido fuera del trabajo, en la calle, tiene en general buena disposición, nada de verte con cara de Donald Trump porque la pinta de fuereño te traiciona... Han de preferir mexicanos que japoneses, o ya están acostumbrados a que aquí hay oportunidades para todos, sean locales o «foráneos».
Del agua, pues ya conocemos la leyenda áurea, que en este caso concuerda con la historia oficial. El agua es poca, pero limpia (en general); debió ser una verdadera bendición para las mulas y sus arrieros llegar a las fuentes y ojos de agua aquí después de cruzar el semidesierto zacatecano, con el plus de ser termales y procurar algo de descanso y salud a esos hombres de la polvareda.
Y el cielo. No he visto uno igual en cuanta parte de México he estado. Es increíble que el aire se mantenga limpio habiendo tanta lata y tanta moto, muchas mal afinadas; tanta industria... Será que esta ciudad no está metida en una olla; sólo corta el horizonte el Cerro del Muerto por poniente; hacia todos los demás rumbos te cansas de buscar la línea del horizonte (en general; ya comenzaron aquí con la moda del desarrollo vertical). Y así el viento, libre, limpia la atmósfera sobre la ciudad y nos regala estos celestes de Photoshop, y las noches profundas con estrellas límpidas.



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